lunes, 27 de julio de 2009

Capítulo 4: Cimientos

Nunca pensé que sería tan sencillo terminar con un monasterio lleno de Jedis. La verdad, tenia una gran ventaja, ya que yo iba armado y ellos solo llevaban palos y su seguidora, la fuerza. Exterminé con todos los Jedis que no huyeron con las naves que nos traían las mercancías y objetos de primera necesidad. En su interminable arrogancia, parecía ser que los Jedis no habían pensado siquiera que alguien podría atacarles. Ese fue el secreto de mi sencilla victoria.


Cuando hube terminado, me dirigí al monasterio abandonado. Estuve allá meditando, reafirmando mis poderes con la fuerza, asentando mi mente y esperando a que los caballeros Jedi vinieran en busca de venganza, con alguna nave con la que fugarme del planeta. Ya tenía claro mi cometido, mi razón de ser, por así decirlo. Yo estaba allá para darles un objetivo a los Jedi, para crear otra vez a los Sith y así reafirmar el equilibrio en la fuerza. Con un objetivo al que perseguir, los Jedis volverían a ser lo que antaño fueron.


No me hicieron esperar mucho, solo un par de semanas, cuyo tiempo pasé meditando. Presentí la llegada de los guerreros al planeta como una aguja en mi piel. Yo mismo fui a dar la bienvenida a los invitados.


Viajaban en una nave de tamaño mediano pequeño, con capacidad para diez personas y mucho más equipaje que aterrizaron en el puerto del monasterio. Abrieron la compuerta de la nave y bajaron la rampa de acceso. Nada más tocaron suelo, encendieron sus sables de luz. Yo les esperaba en la única puerta de acceso al puerto. Todo el puerto era una gran sala metálica, la mayor marca de tecnología y avance de todo el monasterio, hecho casi completamente por unas piedras lisas y fuertes de color marrón arena o un amarillo muy oscurecido.


Con los Jedi se encontraba un poderoso maestro llamado Jin Shack, un hombre aparentemente sin escrúpulos, que cumplía las ordenes cual mandamientos. En alguna batalla perdió el ojo derecho que sustituyó por un visor de infrarrojos y también perdió un brazo en la misma o otra. No era un tipo muy hablador, así que era todo un misterio. Primero me enfrenté a todas las mosquitas que revoloteaban alrededor del gran Jin. Eran cuatro, dos armados con sables de un solo filo, uno verde y el otro azul, y otros dos armados con sables de dos filos, uno verde y el otro amarillo. El maestro tenía en su poder el honorable y legendario sable plateado del caballero Hank, de un solo filo.


Lancé el sable a gran velocidad contra el Jedi con el sable doble amarillo, quien perdió la cabeza. Controlé el sable e hice que diera la vuelta a la nave. Los demás Jedis, excepto Shack, atacaron todos de golpe. Fue difícil esquivar las primeras estocadas, pero lo hice, a la vez que enviaba a el del sable único verde hasta la otra punta de la sala y mataba con mi sable controlado por la fuerza al de doble verde. Ya tenía mi arma y el atacante armado con su sable azul fue cortado en dos. Un movimiento rápido, sencillos y eficaz. Primero, repelé su ataque con mi espada y lo desvié, dejándolo desprotegido. A continuación, di una vuelta mientras las ropas del traje revoloteaban a mi alrededor y partí por la mitad con un arco diagonal al Jedi. Entonces, me giré hacia él.


Jin levantó el sable de manera que la parte superior de la hoja quedaba por encima de la cabeza, sujetando el mango con la mano izquierda por delante de la la derecha, como tiene que ser, ya que así es como se agarra correctamente, lo que te permite hacer mayor fuerza de palanca y velocidad. No era un novato, pero yo tampoco. Corrí hacia él sí sin que siquiera tocara el suelo hasta que ya le tenía a menos de un metro de distancia, momento en que puse el pie derecho en el suelo y me alejé de su mandoble. Una vez terminado el salto, puse el otro pie detrás de mi y salté hacia delante, produciendo un mandoble rojo que detuvo con dificultad. Procuraba no consumir mucha energía, mantener la serenidad, pero llevando siempre la delantera. Mis golpes eran más rápidos y precisos de lo que recordaba y el combate estaba muy igualado. Intentaba constantemente mantener un aire terrorífico, para atacar también moralmente a mi enemigo. No era la primera lucha que hacía, como ya sabéis, y no ignoraba el hecho que es que la moral puede vencer o llevarte a la más humillante desastre en cualquier guerra. La batalla era tan igualada que, con cualquier error, podría ganar o perder esa pelea. Tan al azar iba en ese momento la batalla que dejé de pensar en poder ganar o perder. Dejé de pensar en todo, en nada. Fue entonces cuando la balanza se desequilibró.


Si habéis estado atentos en la lectura de mi biografía hasta el momento, habréis apreciado que, en esta misma batalla, dejé a un enemigo con vida. El Jedi con un sable verde de un único filo se acercaba a mi, por la espalda. Lo percibí a tiempo y esquivé su golpe, que chocó contra el maestro Shack. Este perdió un brazo por la inutilidad de su aprendiz, y, con él, la esperanza de vencer en esa batalla.


La sencillez con que eliminé al causante de una victoria sin méritos fue tan abrumadora que no merece ni ser contada. Entonces me dirigí hacia el agonizante Jin. No podía concentrarse para utilizar la fuerza, por el dolor. Yo ya había vivido algo así, en el planeta-desierto. Entonces, me dije: “De que me sirve ejecutar como a un perro el que probablemente sea el Jedi más hábil en el manejo de la espada. Aquí no hay nadie que pueda contar mi superioridad. Sería una victoria sin frutos. No te mataré hoy, viejo tuerto, pero nos volveremos a ver. Por lo que sé de ti, tu orgullo te llevará hasta mi, no tendré ni que buscarte. Te aconsejo que la próxima vez no te traigas compañía o es probable que vuelva a pasar algo como lo de hoy. No volveré a apiadarme de ti por segunda vez. No soy compasivo.” En los ojos del maestro se leía el odio, hacia mi, hacia el Jedi que había causado su derrota y hacia su propia impotencia.


Acto seguido, cogí al manco y lo llevé hasta una de las cápsulas de salvamiento de la nave. Envié la cápsula hasta el espacio. Si la fuerza le acompañaba, alguien le encontraría y le rescataría. De hecho, estaba seguro de que me lo encontraría otra vez. Me quedé con su sable de luz, pero no lo mantuve igual. Representó todo lo que yo era. Lo perturbe como me había perturbado a mi mismo. Bueno, debo contaros algo antes, ya que sino, no comprenderéis como hice lo que voy a redactar a continuación. El color del sable de luz se debe a un cristal que tiene en su interior. Sin él, el sable sería un emisor de rayos láser descontrolado, que explotaría al cabo de un rato. Lo que hice es bastante simple. Desarmé los dos sables e intercambié los cristales, de forma que el sable de Hank se volvió rojo como una estrella en sus últimos años. Entonces me fijé que tenía como unas letras en un lenguaje que no conocía. También tenía unas imágenes de unos guerreros en la parte más baja de la empuñadura. El guerrero, uno único, daba la sensación que se movía, porqué en la siguiente imagen, tenía la misma postura, pero un poco cambiada. El completo formaba una estocada del guerrero con su espada. No tiré el otro cristal, tan solo me lo colgué del cuello. Le hice un agujero y le pasé un cordel por él. Sería un bonito colgante. Quemé los cuerpos de los otros Jedis y me guardé sus armas. La de la hoja azul me la guardé en el cinturón, junto al sable de Hank. El resto las guardé repartidas por la nave. Una, la del sable verde, estaba escondida en el camarote principal, donde dormiría yo. La segunda, la de doble filo verde, en lo que sería la sala de mando, la cabina. Y la última, en un almacén.


Después de esa batalla, yo estaba completamente agotado, así que me dormí en el camarote. No tenía mucho tiempo antes de que una horda de soldados vinieran a buscarme. Aún si les derrotaba, cosa casi imposible, por no decir del todo, los almirantes en sus naves, en orbita, bombardearían el planeta hasta convertirlo en un páramo desolado. En resumen, debía darme prisa. Me quité toda la parte de arriba de la armadura y las ropas que creaban se convirtieron en humo otra vez. También me quité las botas. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaban magnetizadas. Podía hacer que se imantizaran y atrajesen el metal o que lo repeliesen, depende de si estaba cargado positivamente o negativamente. Para eso segundo, debía cargar antes la plancha o superficie, y, para eso, disponía de un dispositivo en cada una de las muñecas. Este emitía lo que parecía un rayo verde, de polarización positiva y, bueno, hecho esto y activadas las botas, no podía evitar volar, literalmente, hasta el metal en cuestión


Nada más despertarme me di cuenta de que aún no había explorado la nave, podría tener algún tipo de transmisor. Para eso, primero de todo, fui a la cabina.


Allí me encontré con que era negra noche, se veía por la abertura por donde saldría dentro de poco con la nave. Más que una cabina con un asiento y los paneles de mando, eso era todo un puente de mando. Había una butaca en medio de la sala, con unos mandos de direccionamiento y maniobra. También tenía lo que parecía un emisor de hologramas solidos en la parte derecha e izquierda de la silla, abajo del asiento. El resto de la habitación era igual de peculiar. Habían dos sillas más en lo que sería el noreste y noroeste de la sala si la parte frontal de la nave fuera el norte, las que deduje que servían para controlar algún tipo de armamento. En las partes este y oeste, lo que parecían unas computadoras enormes, con tres pantallas cada una. ¿Para que servirían?, me pregunté. En la parte sureste y suroeste, se encontraban un armario, donde había dejado el sable, y lo que parecía una plancha de teletransportación. No había visto nunca ninguna, pero parecía muy antigua, y justo hacía poco las habían perfeccionado. Había algo en toda la nave que me recordaba a tecnología punta, pero de hacía años, como cuando ves los archivos de historia. A lo mejor estoy exagerando un poco, pero era la sensación que me daba. Fuese como fuese, no pensaba utilizarla sino era para transportar objetos, ya que estaba seguro que el aparato podía desmontar los cuerpos en partículas, pero no que pudiese reconstruir los objetos a partir de las partículas. En el sur, se encontraba el único acceso a la sala.


A continuación, fui explorando toda la nave. Todo se me presentaba algo desgastado. La pintura había saltado, antes blanca, ahora, solo metal. Los pasillos tenían unas rejillas por suelo, donde se veían todo tipo de tuberías, conductos. Casi todas las puertas se abrían solas, pero habían algunas que no se movían. No llegaba a entender como los Jedi iban con naves como esa. Cuando entré no me pareció que tuviera mucho uso, aunque estaba agotado y no me fijé en nada. Algo me olía mal, hasta entonces, pero cuando salí al puerto de aeronaves, los supe. De algún modo ya me lo sospechaba, pero fue un duro golpe. Todo el monasterio estaba ahora invadido por la vegetación. No se por que razón, todo estaba olvidado. Me giré hacia el cielo, por la puerta por donde había entrado la nave. Fue entonces cuando vi una enorme nave aterrizar en el planeta. Era una nave un modelo que no había visto en mi vida, pero se veía claro el emblema de la orden Jedi en el costado de la nave.


No sabía que hacer, en ningún momento me había pasado por la cabeza que podría haberme pasado todo eso. Me sentía desorientado y confuso, así que, sin darme cuenta, fui al monasterio en ruinas, donde me había encontrado al hombre enmascarado. Nada más pisar el suelo del monasterio, volvió a aparecer el hombre enmascarado. Me sobresaltó su aparición, pero, sin dudarlo un momento, avancé un paso y dije:

-¿Que me ha pasado?

-Has estado en un estado de sopor inanimado durante casi cuarenta años.

-¡¿Cuarenta?!

-Sí

-Y...¿y toda la gente que conocía?

-Es evidente que mucha seguirá aún con vida, no ha pasado tanto tiempo. Y no tartamudees, es símbolo de debilidad e inseguridad.

-¿Por que me has hecho esto?

-Yo no te he hecho nada, tu elegiste ponerte este traje y ahora presta atención: tu eres un símbolo de lo que será el alzamiento de los Sith, debes mostrar una resistencia suficiente para que todos los Jedi nos busquen y quieran nuestra cabeza, para que todos ellos se unan contra un objetivo, nosotros. Empezaras por la ciudad que han establecido aquí. No debes dejar ningún superviviente, ninguno. No es una ciudad vivienda, todos los días los trabajadores bajan aquí. Más bien es como una gran fábrica de armas. La multinacional cobra el titulo de Corso. Debes eliminar todas las sucursales de esa empresa, es la mayor representación de la corrupción de la orden Jedi, ya que el líder es el maestro Koxin. Ese hombre se ha alejado tanto, de la senda de la fuerza... tiene guardias personales, obviamente, y, su jefe, la mano derecha de Koxin el hombre que venciste, Jin Shak. Ahora es más sabio de lo que nunca fue y se ha sometido a ingeniería genética. Será un duro adversario.

-Ya le vencí. No supondrá ningún problema.

-Como tu digas, mi orgulloso socio. Ahora be, y no me decepciones.


lunes, 6 de julio de 2009

Capítulo 3º: Monasterio

No es casualidad que haya decido contaros esa historia en concreto. Yo, al igual que dios, no hago nada en vano. Esa etapa, como podéis imaginar, cambió mi vida para siempre. Ya nunca sería otra vez aquel Jedi ejemplar, que obedecía las órdenes de arriba cual si fueran mandamientos inquebrantables. Pero me estoy alejando de mi historia.


Después del fatídico desenlace de lo que debería de haber sido una misión rápida, comparada con la mayoría de las que hacía, me mandaron hacia Stom II, un planeta centrado en el estudio de la parte más espiritual de la fuerza. Recuerdo largos días de meditación sin pausa. Mis lazos con la fuerza se estrechaban cada vez más, hasta llegar a un punto que rivalizaba con los más experimentados maestros del lugar. Había cambiado por completo. Mi túnica ahora era más oscura, con capa negra y túnica marrón cuero. En vez de botas llevaba las sandalias que llevaban todos los Jedi en el monasterio. Mi sable era ahora verde.


Me sentía bien allí. No destacaba en ningún sentido. Todos en el monasterio habían abandonado lo material para acercarse más a sus orígenes y así a la fuerza que los creó. Todos los Jedi debían de ir con la cabeza rapada. No dependíamos de los tributos como el resto de templos, cultivábamos nosotros mismos nuestra cosecha. Pero no era por eso por lo que me gustaba estar ahí. Me sentía bien porque, en ese sitio, había conocido a una chica. Era una chica atractiva por definición. Era una chica humana, con el pelo rapado, naturalmente, pero tenía la hipótesis de que era castaña, por las cejas. Sus ojos eran del color de la tierra húmeda y siempre olía a flores de melocotonero. Era una chica de mi edad, más o menos, pero era más sabia que la misma existencia, una de esas personas felices sin razón. Se llamaba Sathi.


Recuerdo que nos costó mucho avanzar con la que sería la relación más importante de mi vida, o la que más me ha marcado, al menos. La principal razón era porque estaba prohibido, y teníamos que estar casi siempre a escondidas, pero creo que era porque yo tenía miedo. Miedo de meter la pata. De que se asustara cuando viera lo que realmente era.


Nuestra relación duró casi dos años, hasta que nos pillaron. Al parecer, una amiga de Sathi se había ido de la lengua con otra, y esta con otra y… no sé, pero el caso es que al final acabamos en presencia del maese. El maese Faithu era un poderoso y experimentado maestro de la república. Ferviente seguidor del orden establecido era menos cambiante que el curso del tiempo. Recuerdo perfectamente ese momento y sé que será lo último que recordaré en el lecho de muerte.


Nos encontrábamos en una sala estrecha, pero muy alargada. Casi parecía un pasillo de dos metros de ancho. Una moqueta alargada de metro de ancho te señalaba el camino hacia el maese y otros dos maestros muy experimentados, pero era imposible que te perdieras. Llegamos al fondo de la habitación y nos encontramos con un estrado de madera con el maestro Faithu en medio, una maestra de la cual he olvidado el nombre a su izquierda y otro maestro que no recuerdo ni su cara a la derecha. Llegamos al estrado cogidos de la mano, cosa que no teníamos oportunidad de hacer muy a menudo. Su mano estaba fría como el hielo y sudaba a la vez. Recuerdo que, justo antes de entrar en la sala, nos besamos y fue un beso largo. Ella tiritaba incluso, temblaba. Casi parecía que sus piernas le flaquearían en cualquier momento.


Estábamos delante de esos maestros de frío corazón que nos miraban con desprecio. Vi un leve reflejo de lástima en los ojos de la maestre, pero los otros dos eran ajenos a todo eso.


-Kin Oad Lei… - dijo Faithu mirándome. Después se giró hacia Sathi-. Sathi Daneethei Shif…

-Vuestra relación está prohibida –dijo el maestro- y, por tanto, debe ser erradicada. Por ley deberíamos condenaros al exilio y retiraros el sable, pero, en este lejano lugar, nadie sabrá vuestro desliz. Sin embargo…

- Sin embargo, -prosiguió Faithu- vuestra situación es un insulto e insostenible para este monasterio. Sabéis perfectamente que el amor lleva a los celos y al recelo. Eso es un camino al lado oscuro. Es de todos conocido que los Sith han sido eliminados, nos costó, pero lo logramos, y no permitiré que reaparezcan por un amorío, no en mi monasterio. Debería expulsaros a los dos, pero el maestro Kin está aquí por petición de los más altos miembros del eslabón de la república unificada de la fuerza, por lo que me veo obligado a admitirle. Pero no pasa lo mismo con usted, señorita Sathi. Usted está en el sitio donde desea. Le costó mucho llegar donde está ahora. Y lo hecha todo por la borda por…por… por un hombre. Por esta razón y sin posibilidad de segunda oportunidad o redención, la condeno al exilio de este templo bajo pena de exilio completo. Será enviada al helado planeta industrial situado en el punto 23-alfa, 56-beta. Que la fuerza la acompañe.

-Lo sentimos – dijo la maestra, cosa que provocó que los otros dos maestros se giraran a observarla un segundo.


Sathi echó a llorar sin poder yo hacer nada para evitarlo. Más le costaba a ella irse, ya que ella, como había dicho Faithu, lo había dado todo por estar en ese monasterio. Estuvimos abrazados toda la noche y por la mañana, Sathi se fue. No pude ver como se alejaba su nave. No lo soportaba.


Después de eso, me concentré al máximo en mi entrenamiento, pues era lo único que me impedía recordar al que sería el amor de mi vida. También hacía largas caminatas por el frondoso planeta. Era un planeta paradisíaco. Había grandes lagos y altas montañas, pronunciadas valles y extensas llanuras, pero en todos sitios habían unas florecillas muy comunes en ese planeta, pero que solo crecían en ese. Eran de color púrpura y tenían un olor dulzón y muy fuerte.


En una de esas caminatas encontré un templo abandonado. La vegetación se había adueñado de él. Su piedra era de un gris oscuro, muy pulida, pero agrietada. Había marcas de roca derretida y quemadas en las paredes. Entonces comprendí que habían atacado a ese templo. Fui investigando durante mucho tiempo. Me sentía cómodo en él, y más ahora que el monasterio se había convertido en un suplicio, pues todo me recordaba a ella. Hacía un tiempo que había subido en el rango del monasterio. Había terminado por abandonarlo todo lo que era materia, con excepción de los ropajes. También había entregado el sable de luz. Me di cuenta que sin él me sentía desnudo.


El templo era enorme, con muchas habitaciones, por lo que deducía que era otro monasterio. En ellas había todo tipo de objetos personales de personas que hacía tiempo que yacían en el frío barro. Entre las cosas que encontré habían ropas, botas, algún holodisco, pero ningún reproductor, maletas, todo tipo de fotos, armas blancas, pero ninguna pistola, etc. Estuve investigando largas horas durante varios días, puede que hasta meses, pero no hallaba nada que supusiera un verdadero descubrimiento, excepto sombras de las personas que vivieron años atrás. De repente, un día como cualquier otro, andaba yo por una sección que aún no había explorado cuando oí el ruido del fregar de la piedra. En el suelo, delante de mí, descendió el pasillo que quedaba, de casi 30 metros de longitud, creando unas empinadas escaleras que descendían hasta las profundidades del paradisíaco planeta.


Tardé un buen rato hasta llegar al último escalón. Todo era oscuro en esa cueva artificial. Empecé andar con cierto temor, lo admito, ya que no importa ahora. Me encontraba, como supe más tarde, en un laberinto casi inescrutable, con luz o sin ella. Di muchas vueltas, me golpeé muchas veces contra la pared de varias vías muerta y acabé por desesperarme en ese agujero. No podía respirar con calma ni serenidad. Tenía la sensación de que algún tipo de ser me acechaba, salido de mis más terribles pesadillas, y, cuando creía que el corazón se me detendría del miedo que tenía en ese momento, una habitación se iluminó. Yo jadeaba, pues había echado a correr inconscientemente. Entonces, delante de mí, apareció una figura completamente cubierta por un manto o túnica negros. Era una figura encapuchada y estaba tumbada espaldas a mí. Cuando me acerqué un solo paso, la figura se volvió sin tan siquiera mover los pies. La habitación y, supongo, todo el laberinto, estaba hecho de mármol grisáceo muy oscuro, como el templo. Entonces, cuando él hubo terminado con su vuelta de 180º, vi que, debajo de la capucha, se escondía una cara muy blanca. Levantó su cabeza, pues había estado todo el tiempo cabizbajo. No era una cara lo que se descubrió frente mío. Era una máscara blanca sin ningún tipo de expresión, blanca como la cal y con dos lentes por ojos. La máscara representaba una perfecta cara, con unos rasgos muy finos. Se hecho la capucha hacia atrás, descubriendo una especie de armadura negra mate, que cubría toda la cabeza y se perdía en la túnica. Solo la máscara resaltaba como una luciérnaga. Entonces, con una voz rota y que parecía muy anciana dijo:


- Si estás aquí es porque has descubierto lo que yo entiendo por verdad.

- ¿Y que es?

- Tan solo hay una verdad, buscarla en lo más interior de tu ser sería apropiado y suficiente, pues ya la has descubierto.

- ¿Como puede estar tan seguro?

  • ¿Por qué sino estarías aquí?

  • Me he perdido.

  • No te has perdido, sabes perfectamente que estas en Stom II, sabes que estas en las catacumbas de un templo monasterio y has descubierto mucho desde que estás entre estas paredes. Sabías lo que hacías cuando te adentraste en mi laberinto, aunque sea inconscientemente. Has venido en una búsqueda, por así decirlo, en una cruzada personal. Has venido porqué has descubierto una gran verdad, pero no sabes como afrontarla. Te ha pasado lo más peligroso que te podría pasar, ya que el enemigo que debes derrotar no es alguien ajeno a ti, es tu pasado.

  • No te comprendo. ¿Como voy a descubrir en mi interior sin saber lo que estoy buscando?

  • Viniste aquí buscando refugio, pero te has encontrado con el medio con que lograr tu objetivo.

  • ¡¿Qué objetivo?!

  • Ya sabes cual es tu objetivo, porqué sino, ¿que sentido tiene que busques la forma de alcanzarlo?

  • ¡Yo no estoy buscando nada, tan solo exploraba!

  • No exploras en un monasterio abandonado así por que sí. Tu ya sabías que buscabas algo, pero no lo has admitido aún. Maldito necio, ¡despierta! No podrás llegar a ningún sitio sin un objetivo. Nadie puede. El objetivo nos da fuerzas, nos otorga esperanzas y el medio para conseguirlas, nos alimenta y mueve, hace latir nuestro corazón cuando ya no queda sangre y hincha nuestros pulmones sin ningún tipo de aire. Con un objetivo eres capaz de todo. ¿Es que aún no lo entiendes? ¿Que te crees que hizo posible tu huida de el búnquer de las arenas?

  • ¿Como sabes tu eso?

  • ¿Ya ligas todos los cabos? No hay nadie más en este laberinto, no la ha habido desde hace mucho tiempo y no lo habrá hasta que tú los traigas aquí. Tienes ya el objetivo y los medios, lo único que te falta es un punto de inicio y un hogar. Utilizarás este monasterio abandonado como punto de adiestramiento para toda persona que pueda ayudarte en tu causa. Tu puto de salida en tu futura cruzada será el monasterio donde has dormido los últimos meses. Debes matar a todo residente, empezando desde arriba y exterminando a todo monje con mínimo poder, pero dejando huir a todo aquel que lo desee de la parte más baja del eslabón. Destruirás todo señal de lo que fue el monasterio Jedi y volverás a este antiguo monasterio Sith para estudiar los holodiscos e inscripciones de las paredes. Ahora, ve.


Al decir eso, la figura se desplomó en ese mismo sitio y lo que yo había creído que era una túnica, se evaporó milagrosamente, dejando una armadura de placas negra y una mascara blanca reluciente. Me vestí la armadura. En el cinturón, había un sable láser en la parte izquierda, un pequeño sable, del tamaño de un cuchillo o puñal en el tobillo y otro de un tamaño medio en la parte lumbar. Se sujetaban al traje mediante un sistema de pequeños imanes y de anillos que los aseguraban. Todos tenía el mismo color, el rojo de la sangre, el rojo de mi objetivo. Era un traje impresionante de verdad. Una vez me puse la máscara, unos pequeños surtidores del traje empezó a soltar una especie de humo. Este se arremolinó entorno a mi cuerpo y se fue solidificando hasta crear un tipo de ropa que parecía muy resistente. Entonces, cogí la capucha que se había formado encima de mis hombros y me la puse en la cabeza, creando el encapuchado que ya había visto antes.

Capítulo 2º: Entre salvajes

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Si no hubiese estado tan débil, probablemente hubiese sentido su presencia. Si no hubiese estado centrado en el poblado, quizá no me habría sorprendido. Quizá. Pero el hecho es que me cogió por sorpresa y casi me arranca la cabeza con el golpe de culata que me propinó en la cabeza.

Cuando desperté estaba atado en una mesa metálica. Parecía que esos seres no eran tan salvajes como aparentaban. Estaba desarmado y drogado. Tenía la sensación de que todo a mi alrededor vibraba. Recuerdo vomitar tumbado y casi ahogarme, antes de que uno de esos seres apareciese con lo que parecía un aspirador quirúrgico.

Volví a despertar y me vi con el torso abierto en canal. Un terrible dolor me impedía concentrarme. No tenía hemorragias, por lo que no moriría desangrado. Sabía que me habían despertado ellos mismos para que sintiera lo que hacían, pero el dolor era demasiado acentuado y perdí el conocimiento.

Desperté de nuevo, ahora completamente desnudo y atado a una silla de madera. Volvía a estar drogado. Eran listos, no querían que empezara a hacer truquillos con la fuerza. Aunque todo lo recuerdo confuso, me parece que me viene en mente una habitación hecha de hormigón, con un par de metros de altura y otros dos metros cuadrados de superficie. Yo me encontraba en el centro del habitáculo, aterrorizado cuando oí un ruido de chirriar metálico a mi espalda. Oí los pasos de dos personas, unos ligeros y otros muy pesados. También oí el arrastrar de unas ruedecillas pequeñas. Un enorme personaje vestido con una bata blanca se posó a mi derecha con un carro metálico, con una manta tapando su contenido. A mi izquierda apareció una hermosa hembra salvaje. Sabía que era salvaje porque era le hermosa cabeza que había venido a buscar. Como sospechaba, no eran salvajes, era una tapadera. Les habíamos subestimado. Ella lucía un traje militar de color caqui. Muchas medallas colgaban en su pecho y una gorra coronaba su cabeza. Su cabello, castaño, recogido con una cola de caballo. La piel de la mujer era del color de la arena de su planeta y lucia unas rallas del color de su pelo. Mantenía sus manos detrás de la espalda y, con unas palabras en un idioma que desconocía le ordenó al hombre que se retirara. El hombre se mantuvo a un lado de la puerta. Entonces, la mujer habló:

-Habla, Jedi, ¿habías venido buscando mi cabeza? ¿La cabeza de la poderosa Kithay?

No le respondí, aunque no creo que hubiese podido. Entonces la altiva mujer repitió la pregunta esperando una respuesta que no le llegó. Muy calmada, retiró el manto que cubría la mesa con ruedas, dejando al descubierto un gran número de objetos metálicos. Cogió un martillo.

-Para que te quede claro, yo no acostumbro a repetir las preguntas.

Tenía las manos y antebrazos atados a los reposabrazos. Levantó el martillo por la altura de su cabeza, con la mano diestra, y golpeó mi mano derecha. Sentí como se rompían varios de los huesecitos que se encuentran en la mano, convirtiéndola en un gurruño hinchado de carne y sangre. Prosiguió con la otra y después se acercó el hombre que tenía detrás. Ya comprendía, era el médico que se encargaba de asegurarse de que no muera durante la tortura. Me inyectó algo, lo que yo supuse que era algún tipo de substancia para evitar infección. Una vez curado, prosiguió a hacerme unos pequeños cortes alrededor de todo mi cuerpo. Uno de esos cortes duele, se cura rápido, y no se infectaba gracias a la substancia que me inyectaban. Era una tortura lenta, que duró horas, hasta que llegó un momento en que todo mi cuerpo estaba bañado en sangre. En ese instante prosiguieron a transportarme a una habitación sin ventanas ni luz, donde solo se veía la tenue luz naranja que provenía del pasillo entre los recovecos que quedan entre la puerta y la dura piedra.

Estuve en esa prisión durante el tiempo justo para que se curaran mis heridas. Me raparon la cabeza y me aplicaron una substancia en forma de crema que evitó que mi pelo volviera a crecer. Era una buena manera para evitar los piojos. También me tatuaron un código de barras en mi frente. Toda mi comida estaba drogada, así como el agua, y yo sabía que me alimentaban lo justo para que no pudiese saltarme ninguna ración sin perder mucha fuerza. Hacía las necesidades en una esquina, junto al esqueleto de una rata. Me gustaría deciros cuanto tiempo pasé allí, pero me sería imposible. El paso del tiempo es lento y no deja huella en ese hoyo. Cuando volvieron a abrir la puerta, Kithay se encontraba delante de mí, creando una terrorífica sombra. Me sonrió.

Estas visitas se repitieron como veinte veces, pero nunca repitieron una herramienta. Llegaron a utilizar cables eléctricos en mis pies, unos extraños insectos por todo mi cuerpo, finas espadas clavadas en partes concretas de mi cuerpo, con una precisión quirúrgica. Intentaron también apelar a mi bondad matando a muchas personas cuando no les daba las respuestas que querían. Mataron a hombres y mujeres, a niños y viejos y vi a un par de caras conocidas, Jedis de la orden, camaradas, pero aprendí a no titubear. Aprendí a que nada me importara. Me convertí en hielo. Un día, pero, sus métodos cambiaron drásticamente.

Me encontraba en una habitación oscura, en compañía de la líder de los “salvajes”. Hacía un rato que no se oía nada más que el oscuro silencio. De pronto, como un torrente de agua fría me cayeron sus palabras en mi alma, perezosamente adentrándose hasta llegar a lo más profundo de mi existencia, grabándose a fuego a mi memoria. Una potente luz me iluminaba directamente a mi cara y me forzaba a cerrar los ojos:

-¿Qué pasa, Jedi? ¿Estás solo? ¿Te habrán abandonado aquellos que te enviaron a una muerte segura? A lomos de un lagarto… No se han preocupado ni de asegurarse de que llegaras. Ni tan siquiera un vuelo de reconocimiento, habrían encontrado tu montura, pero ¿no siguieron buscando? Te han abandonado a tu perra suerte, a las manos de mi pueblo, que aborrece a los de tu calaña. ¿Qué habría sido de ti si no me hubiera apiadado de ti? Mis hombres me pedían tu cabeza después de cada sesión –así las llamaba ella a las torturas que me realizaba, sesiones-. Tenía que pedirle dos veces al médico que curara tus heridas. Llegué a sufrir por ti, ya que nunca sabía si habían puesto tu droga en la comida o un veneno. Yo soy tu salvadora. Más aún, tu libertadora. Te he librado del yugo de los Jedis, te he convertido en un pájaro. Un pájaro vengador. Ayúdame a vengarme de los Jedis. Los Jedis son el mal. Nos manipulan, a ti con engaños, a mí con amenazas. Haremos un trato, perdonaré tu vida si tú me ayudas a alcanzar mi venganza. Dime vuestro punto débil, vuestro punto flaco. Tan solo una pequeña oración y serás libre. Un nombre. Una parte del cuerpo. Lo que sea. Hasta te dejaré que me acompañes hasta Coruscant, hasta la puerta del templo, y, más tarde, quien sabe.- dijo esto mientras acariciaba mi pecho desnudo, lleno de cicatrices-. No te pido nada más que un simple consejo y este infierno habrá terminado.

-¿Un consejo? -mi voz no era más que un murmullo áspero, como el fregar de la arena con la piedra- Cuando te embarques en una venganza haz dos tumbas antes.

Rápida como el rayo me golpeó con el revés de la mano que me tiró con silla incluida. En ese momento me di cuenta de que no me habían atado las piernas. Propiné una patada en la rodilla de mi torturadora. No sé de donde saqué esa fuerza, pero sentí el petar de los huesos de la mujer bajo mi pie. Una patada en su cuello lo rompió y todo terminó. Los guardias no se extrañaron al oír gritos. Le quité la ropa al cadáver y me vestí. En ese instante empecé a meditar, para poder expulsar la toxina de mi cuerpo.

Pasaron horas antes de que se percataran de que hacía demasiado tiempo que no se oía nada. Golpearon a la puerta, gritando a su señora y empezaron a repiquetear la cerradura con una llave. Ya había recuperado bastante energía y sentía la fuerza de nuevo en mí, más potente que nunca, más oscura, como si hubiese renacido.

La huída fue más fácil de lo que había planeado en largas horas de insomnio: primero, con una honda de fuerza reventé toda la pared en la que se encontraba la puerta. Los enemigos ni se dieron cuenta de lo que les venía encima. Cogí dos armas de mano de los cadáveres del suelo. Cada disparo mío era una muerte de los militares. Al cabo de buscar, encontré laboratorios y prisioneros, quienes me ayudaron a encontrar la salida y terminaron con casi todos de los que fueron sus captores. En un laboratorio encontré un sable de doble hoja. Lo encendí y resultó ser de color verde. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Con un arma Jedi en mis manos, los soldaditos de las arenas ya estaban muertos. Resultó ser que me encontraba en un búnquer, debajo del poblado. Antes de marchar, recordé mi misión y fui a buscar la cabeza de mi querida salvadora. Su cuerpo aún yacía allí, desnudo. Solo encendí un haz y, con un movimiento de muñeca, le corté la cabeza. La levanté del suelo agarrándola del cabello. Su lengua sobre salía de su boca, que caía como un peso muerto, junto a un hilo de babas, aún cálido. Volví a sonreír. Cuando salía encontré un garaje. Me monte en una moto spider y pulsé un botón en el tablero de las agujas. Una parte del techo abandonó su estado paralelo con el suelo para formar una rampa de subida. Cayó arena del agujero que se había formado en las afueras del poblado. No tardé ni tres horas en llegar a Ebrum.

Cuando llegué hasta la capital del planeta, en el templo entregué la cabeza. Solté mi paquete en el suelo de mármol del templo, sin salpicar, ya que no le quedaba sangre en ella. Una gota cayó del manto en que había llevado la cabeza. Me parecieron años lo que tardaba en chocar, en abrazar su inexorable destino y, cuando por fin cayó, roja y espesa, vi reflejada en ella la orden Jedi al completo, todo lo que había hecho, lo que hacían en ese instante y lo único que les quedaba por hacer. En esa gota vi mi misión. En esa gota lo vi todo y no vi nada. Cuando miré a los maestros, no pude esconder el asco que me daban ellos y lo que representaban.

Capítulo 1º: Orígenes Jedi

Mi historia no comenzará como tantas otras, con un niño inocente que se convierte en Jedi y se pasa al lado oscuro. Si queréis leer una historia como esta, en el gran templo Jedi de Coruscant encontraréis las leyendas de Darth Vader, Darth Shoover y muchas más. Porqué es el ciclo natural. Pero yo no soy como todos.


Esto, más que un diario personal es una autobiografía, así que iré por capítulos, esperando que alguien encuentre alguna vez el documento y sepa porqué hice lo que hice y como, por si alguien cree conveniente seguir mis pasos.


Bueno, empezaremos mi historia con la imagen de un valeroso Jedi, yo. Calzaba la túnica clásica: botas de cuero altas hasta las rodillas, pantalones de algodón suave y ligero, de un color marrón muy claro, como las arenas del desierto de Kyhán. La túnica que cubría mi torso era del mismo color, pero se escondía tras un manto del color de la madera del abeto rojo de Halluf. Llevaba también un pañuelo del mismo color, para tapar mi boca y nariz de las fuertes tormentas de la zona. Mis ojos, cubiertos por unas gafas anchas atadas con una goma, eran de color verde, con la parte más cercana a la pupila con un leve tono marrón. Mi cabello era castaño oscuro y lo llevaba corto. Para que os deis una idea del tipo de Jedi que era, os contaré una anécdota.


Con unos veinte años, estaba destinado en Kyhán. Maldito planeta. El muy cabrón parece que le guste estar hecho un puto desierto. Tiene cordilleras de altísimas montañas, donde se atrapa toda la humedad del jodido planeta. Están tan bien puestas que solo hay tres climas distintos: desértico, montañoso y, en algunas zonas privilegiadas y donde se centraba la capital del planeta, clima marítimo. Veranos secos, inviernos secos, pero las primaveras y otoños llovía a cántaros. Como deseaba estar en esa zona superpoblada. Pero claro, no conocía prácticamente nada más. También hubiese preferido estar en las tundras de las altas montañas, o en los paradisíacos valles, pero me habían destinado en el maldito desierto. Era deprimente.


Esa mañana tenía el privilegio de ir al maldito poblado de los malditos hombres salvajes nativos del maldito planeta. Mi misión: traerme conmigo a la cabeza de la matriarca de los hombres, que se negaba a pagar el tributo en especies o mujeres. Malditos hipócritas. Te retiran el sable de luz si te enamoras, pero ellos se montan unas fiestas que horrorizarían al más ninfómano de los barrios bajos de Coruscant. Esos viejos maestros, que ya no se les levanta sable alguno… los aborrezco tanto como el planeta desértico de los demonios.


Cogí un spider climatizado hasta la villa de Ebrum. Emprendí el viaje al mediodía, para poder llegar al poblado en noche abierta. Allá en la villa, comí una especie de roedor gigante parecido a la rata womp de Tatooine, solo que mucho más peluda. Ese bicho era un milagro de la supervivencia. Sus orejas eran largas, para refrigerarse, y cada uno de sus pelos era el mejor aislante térmico natural. No dejaban entrar el calor, pero dejaban pasar el aire, a modo de refrigeración. Eran unos seres impresionantes, pero poco sabrosos y con una carne muy dura.


Justo terminado el “manjar”, me dirigí a los establos y cogí una montura bastante grande, un lagarto que había pasado todo el día a la sombra y creían que llegaría a la noche sin cocerse en su sangre fría. Bueno, si algo he aprendido es que, en estas circunstancias de vida o muerte, si las cosas pueden salir mal, saldrán peor. El lagarto murió a media tarde, con el sol bajo, pero peleón, y yo rezaba a todos los dioses que conocía que no hubiese una tormenta de arena, ya que tenía aún mucho trecho por andar.

Un gran mamífero bípedo nos seguía desde hacía un rato y, en el momento en que le lagarto cayó desplomado, el enorme engendro se abalanzó hacia nosotros. Encendí el sable de luz y su azulada luminosidad me cautivó, como siempre hacía. Salté con una vuelta hacia atrás y le corté el cuello a mi agotada montura. La sangre brotó y el monstruo se hartó de su víctima. El depredador me miró, pero vio un peligro en mí y ya tenía comida. Tenía que comer rápido, antes de que vinieran carroñeros. Yo seguí mi camino, con menos ganas de vivir que nunca.


En el desierto, la arena se te mete por debajo de las ropas, dentro de tus botas, arañando la piel, fastidiando como nada en este maldito mundo. El sol me picaba en el cuerpo, aunque todo él estaba cubierto de su directo contacto. El calor era asfixiante y no me había dado tiempo a coger la cantimplora. Deshidratado y con un gran riesgo de sufrir una insolación, andaba sin rumbo, virando lentamente e inconscientemente hacia la izquierda, ya que yo soy diestro y mi pierna derecha es más fuerte que la izquierda.


Sabía que, si no bebía algo en ese momento, moriría. Pero no tenía nada. En ese instante, irónicamente, me entraron ganas de orinar. El orín humano es un 80% de agua, más o menos. Lo malo es la urea. Es tóxica. Pero, si no hay más remedio… Una vez, mi maestro, cuyo nombre no deseo escuchar y menos pronunciar, me dijo que el secreto de la supervivencia, en cualquier sitio, era superar los límites propios. Prácticamente me aguantaba en pie gracias a la fuerza. La fuerza es la última fuerza que pierdes. Solo te abandona cuando tú abandonas la voluntad. Ice levantar una roca con la mente e creé un pequeño cráter con una onda expansiva. Allá meé y de eso bebí. El sabor es indescriptible. Una agua muy salada, mucho, cliente. Realmente, no os la recomiendo.


Pasaron horas, pero, cuando el sol ya solo se mostraba por la mitad, vi mi salvación: una rata. Utilizando la fuerza, la mantuve en el aire durante el tiempo que tardaba en alcanzarla y, lentamente, la iba asfixiando. Con un simple movimiento de muñeca, le partí el cuello. La mera visión del fétido animal me había dado la fuerza suficiente para llegar a una cueva, donde le desprendí de su pellejo, poco a poco, sacándolo de un solo trozo. Una vez despellejado, me bebí su sangre y comí su carne. Cuando llegué al hígado ya no pude continuar. Si cocido es malo, crudo es incomible, pero necesitaba energías para derrotar a mis enemigos. No serían presa fácil.


En el momento que el sol se escondió por completo, el frío aumentó. Ya me veía tiritando y maldiciendo el planeta cuando olí el aroma de una rata del desierto mientras se cocía. Me acerqué cautelosamente y vi el poblado. No me veía con fuerzas para ganar esa pelea, pero al día siguiente tendría menos. Esperaría hasta que todos durmiesen, y, entonces, entraría a hurtadillas en la tienda y me llevaría la cabeza de la que era mi enemiga en esas circunstancias. A continuación, la envolvería con cualquier trapo que hubiese en la estancia, correría, mataría a algunos guardias en la huida y montaría en algún tipo de montura. Era un plan perfecto. O lo sería si no fuera porque un salvaje se encontraba a mis espaldas…

Introducción

Año 1725 DBY,

Hace apenas cien años, los Sith fueron oficialmente eliminados y condenados al más humillante olvido. Hace apenas cincuenta, los Jedi formaron el que se conoce como “república unificada de la fuerza”. No era más que un nombre feo para algo peor. No hace falta que os comente que no habría blanco sin negro, bien sin mal, Ying sin Yang, etc. Y, como reacción natural a un desequilibrio en la fuerza, inconscientemente, los Jedi se alejaron de la senda del bien supremo, pasando a convertirse, lamentablemente, en una secta que dirigió la mayoría de los planetas con mano firme. No ejecutaban a los que eran diferentes a ellos, no eran una mano de hierro como antiguos imperios, pero exigían tributos y los exigían mediante drásticos medios, si era necesario. Sin embargo, seguían buscando la maldad por múltiples planetas, y muchos les veían como héroes. Sin embargo, no todo el mundo veía bien esa actitud. Había miembros entre los Jedi que buscaban un mejor futuro.