lunes, 27 de julio de 2009

Capítulo 4: Cimientos

Nunca pensé que sería tan sencillo terminar con un monasterio lleno de Jedis. La verdad, tenia una gran ventaja, ya que yo iba armado y ellos solo llevaban palos y su seguidora, la fuerza. Exterminé con todos los Jedis que no huyeron con las naves que nos traían las mercancías y objetos de primera necesidad. En su interminable arrogancia, parecía ser que los Jedis no habían pensado siquiera que alguien podría atacarles. Ese fue el secreto de mi sencilla victoria.


Cuando hube terminado, me dirigí al monasterio abandonado. Estuve allá meditando, reafirmando mis poderes con la fuerza, asentando mi mente y esperando a que los caballeros Jedi vinieran en busca de venganza, con alguna nave con la que fugarme del planeta. Ya tenía claro mi cometido, mi razón de ser, por así decirlo. Yo estaba allá para darles un objetivo a los Jedi, para crear otra vez a los Sith y así reafirmar el equilibrio en la fuerza. Con un objetivo al que perseguir, los Jedis volverían a ser lo que antaño fueron.


No me hicieron esperar mucho, solo un par de semanas, cuyo tiempo pasé meditando. Presentí la llegada de los guerreros al planeta como una aguja en mi piel. Yo mismo fui a dar la bienvenida a los invitados.


Viajaban en una nave de tamaño mediano pequeño, con capacidad para diez personas y mucho más equipaje que aterrizaron en el puerto del monasterio. Abrieron la compuerta de la nave y bajaron la rampa de acceso. Nada más tocaron suelo, encendieron sus sables de luz. Yo les esperaba en la única puerta de acceso al puerto. Todo el puerto era una gran sala metálica, la mayor marca de tecnología y avance de todo el monasterio, hecho casi completamente por unas piedras lisas y fuertes de color marrón arena o un amarillo muy oscurecido.


Con los Jedi se encontraba un poderoso maestro llamado Jin Shack, un hombre aparentemente sin escrúpulos, que cumplía las ordenes cual mandamientos. En alguna batalla perdió el ojo derecho que sustituyó por un visor de infrarrojos y también perdió un brazo en la misma o otra. No era un tipo muy hablador, así que era todo un misterio. Primero me enfrenté a todas las mosquitas que revoloteaban alrededor del gran Jin. Eran cuatro, dos armados con sables de un solo filo, uno verde y el otro azul, y otros dos armados con sables de dos filos, uno verde y el otro amarillo. El maestro tenía en su poder el honorable y legendario sable plateado del caballero Hank, de un solo filo.


Lancé el sable a gran velocidad contra el Jedi con el sable doble amarillo, quien perdió la cabeza. Controlé el sable e hice que diera la vuelta a la nave. Los demás Jedis, excepto Shack, atacaron todos de golpe. Fue difícil esquivar las primeras estocadas, pero lo hice, a la vez que enviaba a el del sable único verde hasta la otra punta de la sala y mataba con mi sable controlado por la fuerza al de doble verde. Ya tenía mi arma y el atacante armado con su sable azul fue cortado en dos. Un movimiento rápido, sencillos y eficaz. Primero, repelé su ataque con mi espada y lo desvié, dejándolo desprotegido. A continuación, di una vuelta mientras las ropas del traje revoloteaban a mi alrededor y partí por la mitad con un arco diagonal al Jedi. Entonces, me giré hacia él.


Jin levantó el sable de manera que la parte superior de la hoja quedaba por encima de la cabeza, sujetando el mango con la mano izquierda por delante de la la derecha, como tiene que ser, ya que así es como se agarra correctamente, lo que te permite hacer mayor fuerza de palanca y velocidad. No era un novato, pero yo tampoco. Corrí hacia él sí sin que siquiera tocara el suelo hasta que ya le tenía a menos de un metro de distancia, momento en que puse el pie derecho en el suelo y me alejé de su mandoble. Una vez terminado el salto, puse el otro pie detrás de mi y salté hacia delante, produciendo un mandoble rojo que detuvo con dificultad. Procuraba no consumir mucha energía, mantener la serenidad, pero llevando siempre la delantera. Mis golpes eran más rápidos y precisos de lo que recordaba y el combate estaba muy igualado. Intentaba constantemente mantener un aire terrorífico, para atacar también moralmente a mi enemigo. No era la primera lucha que hacía, como ya sabéis, y no ignoraba el hecho que es que la moral puede vencer o llevarte a la más humillante desastre en cualquier guerra. La batalla era tan igualada que, con cualquier error, podría ganar o perder esa pelea. Tan al azar iba en ese momento la batalla que dejé de pensar en poder ganar o perder. Dejé de pensar en todo, en nada. Fue entonces cuando la balanza se desequilibró.


Si habéis estado atentos en la lectura de mi biografía hasta el momento, habréis apreciado que, en esta misma batalla, dejé a un enemigo con vida. El Jedi con un sable verde de un único filo se acercaba a mi, por la espalda. Lo percibí a tiempo y esquivé su golpe, que chocó contra el maestro Shack. Este perdió un brazo por la inutilidad de su aprendiz, y, con él, la esperanza de vencer en esa batalla.


La sencillez con que eliminé al causante de una victoria sin méritos fue tan abrumadora que no merece ni ser contada. Entonces me dirigí hacia el agonizante Jin. No podía concentrarse para utilizar la fuerza, por el dolor. Yo ya había vivido algo así, en el planeta-desierto. Entonces, me dije: “De que me sirve ejecutar como a un perro el que probablemente sea el Jedi más hábil en el manejo de la espada. Aquí no hay nadie que pueda contar mi superioridad. Sería una victoria sin frutos. No te mataré hoy, viejo tuerto, pero nos volveremos a ver. Por lo que sé de ti, tu orgullo te llevará hasta mi, no tendré ni que buscarte. Te aconsejo que la próxima vez no te traigas compañía o es probable que vuelva a pasar algo como lo de hoy. No volveré a apiadarme de ti por segunda vez. No soy compasivo.” En los ojos del maestro se leía el odio, hacia mi, hacia el Jedi que había causado su derrota y hacia su propia impotencia.


Acto seguido, cogí al manco y lo llevé hasta una de las cápsulas de salvamiento de la nave. Envié la cápsula hasta el espacio. Si la fuerza le acompañaba, alguien le encontraría y le rescataría. De hecho, estaba seguro de que me lo encontraría otra vez. Me quedé con su sable de luz, pero no lo mantuve igual. Representó todo lo que yo era. Lo perturbe como me había perturbado a mi mismo. Bueno, debo contaros algo antes, ya que sino, no comprenderéis como hice lo que voy a redactar a continuación. El color del sable de luz se debe a un cristal que tiene en su interior. Sin él, el sable sería un emisor de rayos láser descontrolado, que explotaría al cabo de un rato. Lo que hice es bastante simple. Desarmé los dos sables e intercambié los cristales, de forma que el sable de Hank se volvió rojo como una estrella en sus últimos años. Entonces me fijé que tenía como unas letras en un lenguaje que no conocía. También tenía unas imágenes de unos guerreros en la parte más baja de la empuñadura. El guerrero, uno único, daba la sensación que se movía, porqué en la siguiente imagen, tenía la misma postura, pero un poco cambiada. El completo formaba una estocada del guerrero con su espada. No tiré el otro cristal, tan solo me lo colgué del cuello. Le hice un agujero y le pasé un cordel por él. Sería un bonito colgante. Quemé los cuerpos de los otros Jedis y me guardé sus armas. La de la hoja azul me la guardé en el cinturón, junto al sable de Hank. El resto las guardé repartidas por la nave. Una, la del sable verde, estaba escondida en el camarote principal, donde dormiría yo. La segunda, la de doble filo verde, en lo que sería la sala de mando, la cabina. Y la última, en un almacén.


Después de esa batalla, yo estaba completamente agotado, así que me dormí en el camarote. No tenía mucho tiempo antes de que una horda de soldados vinieran a buscarme. Aún si les derrotaba, cosa casi imposible, por no decir del todo, los almirantes en sus naves, en orbita, bombardearían el planeta hasta convertirlo en un páramo desolado. En resumen, debía darme prisa. Me quité toda la parte de arriba de la armadura y las ropas que creaban se convirtieron en humo otra vez. También me quité las botas. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaban magnetizadas. Podía hacer que se imantizaran y atrajesen el metal o que lo repeliesen, depende de si estaba cargado positivamente o negativamente. Para eso segundo, debía cargar antes la plancha o superficie, y, para eso, disponía de un dispositivo en cada una de las muñecas. Este emitía lo que parecía un rayo verde, de polarización positiva y, bueno, hecho esto y activadas las botas, no podía evitar volar, literalmente, hasta el metal en cuestión


Nada más despertarme me di cuenta de que aún no había explorado la nave, podría tener algún tipo de transmisor. Para eso, primero de todo, fui a la cabina.


Allí me encontré con que era negra noche, se veía por la abertura por donde saldría dentro de poco con la nave. Más que una cabina con un asiento y los paneles de mando, eso era todo un puente de mando. Había una butaca en medio de la sala, con unos mandos de direccionamiento y maniobra. También tenía lo que parecía un emisor de hologramas solidos en la parte derecha e izquierda de la silla, abajo del asiento. El resto de la habitación era igual de peculiar. Habían dos sillas más en lo que sería el noreste y noroeste de la sala si la parte frontal de la nave fuera el norte, las que deduje que servían para controlar algún tipo de armamento. En las partes este y oeste, lo que parecían unas computadoras enormes, con tres pantallas cada una. ¿Para que servirían?, me pregunté. En la parte sureste y suroeste, se encontraban un armario, donde había dejado el sable, y lo que parecía una plancha de teletransportación. No había visto nunca ninguna, pero parecía muy antigua, y justo hacía poco las habían perfeccionado. Había algo en toda la nave que me recordaba a tecnología punta, pero de hacía años, como cuando ves los archivos de historia. A lo mejor estoy exagerando un poco, pero era la sensación que me daba. Fuese como fuese, no pensaba utilizarla sino era para transportar objetos, ya que estaba seguro que el aparato podía desmontar los cuerpos en partículas, pero no que pudiese reconstruir los objetos a partir de las partículas. En el sur, se encontraba el único acceso a la sala.


A continuación, fui explorando toda la nave. Todo se me presentaba algo desgastado. La pintura había saltado, antes blanca, ahora, solo metal. Los pasillos tenían unas rejillas por suelo, donde se veían todo tipo de tuberías, conductos. Casi todas las puertas se abrían solas, pero habían algunas que no se movían. No llegaba a entender como los Jedi iban con naves como esa. Cuando entré no me pareció que tuviera mucho uso, aunque estaba agotado y no me fijé en nada. Algo me olía mal, hasta entonces, pero cuando salí al puerto de aeronaves, los supe. De algún modo ya me lo sospechaba, pero fue un duro golpe. Todo el monasterio estaba ahora invadido por la vegetación. No se por que razón, todo estaba olvidado. Me giré hacia el cielo, por la puerta por donde había entrado la nave. Fue entonces cuando vi una enorme nave aterrizar en el planeta. Era una nave un modelo que no había visto en mi vida, pero se veía claro el emblema de la orden Jedi en el costado de la nave.


No sabía que hacer, en ningún momento me había pasado por la cabeza que podría haberme pasado todo eso. Me sentía desorientado y confuso, así que, sin darme cuenta, fui al monasterio en ruinas, donde me había encontrado al hombre enmascarado. Nada más pisar el suelo del monasterio, volvió a aparecer el hombre enmascarado. Me sobresaltó su aparición, pero, sin dudarlo un momento, avancé un paso y dije:

-¿Que me ha pasado?

-Has estado en un estado de sopor inanimado durante casi cuarenta años.

-¡¿Cuarenta?!

-Sí

-Y...¿y toda la gente que conocía?

-Es evidente que mucha seguirá aún con vida, no ha pasado tanto tiempo. Y no tartamudees, es símbolo de debilidad e inseguridad.

-¿Por que me has hecho esto?

-Yo no te he hecho nada, tu elegiste ponerte este traje y ahora presta atención: tu eres un símbolo de lo que será el alzamiento de los Sith, debes mostrar una resistencia suficiente para que todos los Jedi nos busquen y quieran nuestra cabeza, para que todos ellos se unan contra un objetivo, nosotros. Empezaras por la ciudad que han establecido aquí. No debes dejar ningún superviviente, ninguno. No es una ciudad vivienda, todos los días los trabajadores bajan aquí. Más bien es como una gran fábrica de armas. La multinacional cobra el titulo de Corso. Debes eliminar todas las sucursales de esa empresa, es la mayor representación de la corrupción de la orden Jedi, ya que el líder es el maestro Koxin. Ese hombre se ha alejado tanto, de la senda de la fuerza... tiene guardias personales, obviamente, y, su jefe, la mano derecha de Koxin el hombre que venciste, Jin Shak. Ahora es más sabio de lo que nunca fue y se ha sometido a ingeniería genética. Será un duro adversario.

-Ya le vencí. No supondrá ningún problema.

-Como tu digas, mi orgulloso socio. Ahora be, y no me decepciones.


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