No es casualidad que haya decido contaros esa historia en concreto. Yo, al igual que dios, no hago nada en vano. Esa etapa, como podéis imaginar, cambió mi vida para siempre. Ya nunca sería otra vez aquel Jedi ejemplar, que obedecía las órdenes de arriba cual si fueran mandamientos inquebrantables. Pero me estoy alejando de mi historia.
Después del fatídico desenlace de lo que debería de haber sido una misión rápida, comparada con la mayoría de las que hacía, me mandaron hacia Stom II, un planeta centrado en el estudio de la parte más espiritual de la fuerza. Recuerdo largos días de meditación sin pausa. Mis lazos con la fuerza se estrechaban cada vez más, hasta llegar a un punto que rivalizaba con los más experimentados maestros del lugar. Había cambiado por completo. Mi túnica ahora era más oscura, con capa negra y túnica marrón cuero. En vez de botas llevaba las sandalias que llevaban todos los Jedi en el monasterio. Mi sable era ahora verde.
Me sentía bien allí. No destacaba en ningún sentido. Todos en el monasterio habían abandonado lo material para acercarse más a sus orígenes y así a la fuerza que los creó. Todos los Jedi debían de ir con la cabeza rapada. No dependíamos de los tributos como el resto de templos, cultivábamos nosotros mismos nuestra cosecha. Pero no era por eso por lo que me gustaba estar ahí. Me sentía bien porque, en ese sitio, había conocido a una chica. Era una chica atractiva por definición. Era una chica humana, con el pelo rapado, naturalmente, pero tenía la hipótesis de que era castaña, por las cejas. Sus ojos eran del color de la tierra húmeda y siempre olía a flores de melocotonero. Era una chica de mi edad, más o menos, pero era más sabia que la misma existencia, una de esas personas felices sin razón. Se llamaba Sathi.
Recuerdo que nos costó mucho avanzar con la que sería la relación más importante de mi vida, o la que más me ha marcado, al menos. La principal razón era porque estaba prohibido, y teníamos que estar casi siempre a escondidas, pero creo que era porque yo tenía miedo. Miedo de meter la pata. De que se asustara cuando viera lo que realmente era.
Nuestra relación duró casi dos años, hasta que nos pillaron. Al parecer, una amiga de Sathi se había ido de la lengua con otra, y esta con otra y… no sé, pero el caso es que al final acabamos en presencia del maese. El maese Faithu era un poderoso y experimentado maestro de la república. Ferviente seguidor del orden establecido era menos cambiante que el curso del tiempo. Recuerdo perfectamente ese momento y sé que será lo último que recordaré en el lecho de muerte.
Nos encontrábamos en una sala estrecha, pero muy alargada. Casi parecía un pasillo de dos metros de ancho. Una moqueta alargada de metro de ancho te señalaba el camino hacia el maese y otros dos maestros muy experimentados, pero era imposible que te perdieras. Llegamos al fondo de la habitación y nos encontramos con un estrado de madera con el maestro Faithu en medio, una maestra de la cual he olvidado el nombre a su izquierda y otro maestro que no recuerdo ni su cara a la derecha. Llegamos al estrado cogidos de la mano, cosa que no teníamos oportunidad de hacer muy a menudo. Su mano estaba fría como el hielo y sudaba a la vez. Recuerdo que, justo antes de entrar en la sala, nos besamos y fue un beso largo. Ella tiritaba incluso, temblaba. Casi parecía que sus piernas le flaquearían en cualquier momento.
Estábamos delante de esos maestros de frío corazón que nos miraban con desprecio. Vi un leve reflejo de lástima en los ojos de la maestre, pero los otros dos eran ajenos a todo eso.
-Kin Oad Lei… - dijo Faithu mirándome. Después se giró hacia Sathi-. Sathi Daneethei Shif…
-Vuestra relación está prohibida –dijo el maestro- y, por tanto, debe ser erradicada. Por ley deberíamos condenaros al exilio y retiraros el sable, pero, en este lejano lugar, nadie sabrá vuestro desliz. Sin embargo…
- Sin embargo, -prosiguió Faithu- vuestra situación es un insulto e insostenible para este monasterio. Sabéis perfectamente que el amor lleva a los celos y al recelo. Eso es un camino al lado oscuro. Es de todos conocido que los Sith han sido eliminados, nos costó, pero lo logramos, y no permitiré que reaparezcan por un amorío, no en mi monasterio. Debería expulsaros a los dos, pero el maestro Kin está aquí por petición de los más altos miembros del eslabón de la república unificada de la fuerza, por lo que me veo obligado a admitirle. Pero no pasa lo mismo con usted, señorita Sathi. Usted está en el sitio donde desea. Le costó mucho llegar donde está ahora. Y lo hecha todo por la borda por…por… por un hombre. Por esta razón y sin posibilidad de segunda oportunidad o redención, la condeno al exilio de este templo bajo pena de exilio completo. Será enviada al helado planeta industrial situado en el punto 23-alfa, 56-beta. Que la fuerza la acompañe.
-Lo sentimos – dijo la maestra, cosa que provocó que los otros dos maestros se giraran a observarla un segundo.
Sathi echó a llorar sin poder yo hacer nada para evitarlo. Más le costaba a ella irse, ya que ella, como había dicho Faithu, lo había dado todo por estar en ese monasterio. Estuvimos abrazados toda la noche y por la mañana, Sathi se fue. No pude ver como se alejaba su nave. No lo soportaba.
Después de eso, me concentré al máximo en mi entrenamiento, pues era lo único que me impedía recordar al que sería el amor de mi vida. También hacía largas caminatas por el frondoso planeta. Era un planeta paradisíaco. Había grandes lagos y altas montañas, pronunciadas valles y extensas llanuras, pero en todos sitios habían unas florecillas muy comunes en ese planeta, pero que solo crecían en ese. Eran de color púrpura y tenían un olor dulzón y muy fuerte.
En una de esas caminatas encontré un templo abandonado. La vegetación se había adueñado de él. Su piedra era de un gris oscuro, muy pulida, pero agrietada. Había marcas de roca derretida y quemadas en las paredes. Entonces comprendí que habían atacado a ese templo. Fui investigando durante mucho tiempo. Me sentía cómodo en él, y más ahora que el monasterio se había convertido en un suplicio, pues todo me recordaba a ella. Hacía un tiempo que había subido en el rango del monasterio. Había terminado por abandonarlo todo lo que era materia, con excepción de los ropajes. También había entregado el sable de luz. Me di cuenta que sin él me sentía desnudo.
El templo era enorme, con muchas habitaciones, por lo que deducía que era otro monasterio. En ellas había todo tipo de objetos personales de personas que hacía tiempo que yacían en el frío barro. Entre las cosas que encontré habían ropas, botas, algún holodisco, pero ningún reproductor, maletas, todo tipo de fotos, armas blancas, pero ninguna pistola, etc. Estuve investigando largas horas durante varios días, puede que hasta meses, pero no hallaba nada que supusiera un verdadero descubrimiento, excepto sombras de las personas que vivieron años atrás. De repente, un día como cualquier otro, andaba yo por una sección que aún no había explorado cuando oí el ruido del fregar de la piedra. En el suelo, delante de mí, descendió el pasillo que quedaba, de casi 30 metros de longitud, creando unas empinadas escaleras que descendían hasta las profundidades del paradisíaco planeta.
Tardé un buen rato hasta llegar al último escalón. Todo era oscuro en esa cueva artificial. Empecé andar con cierto temor, lo admito, ya que no importa ahora. Me encontraba, como supe más tarde, en un laberinto casi inescrutable, con luz o sin ella. Di muchas vueltas, me golpeé muchas veces contra la pared de varias vías muerta y acabé por desesperarme en ese agujero. No podía respirar con calma ni serenidad. Tenía la sensación de que algún tipo de ser me acechaba, salido de mis más terribles pesadillas, y, cuando creía que el corazón se me detendría del miedo que tenía en ese momento, una habitación se iluminó. Yo jadeaba, pues había echado a correr inconscientemente. Entonces, delante de mí, apareció una figura completamente cubierta por un manto o túnica negros. Era una figura encapuchada y estaba tumbada espaldas a mí. Cuando me acerqué un solo paso, la figura se volvió sin tan siquiera mover los pies. La habitación y, supongo, todo el laberinto, estaba hecho de mármol grisáceo muy oscuro, como el templo. Entonces, cuando él hubo terminado con su vuelta de 180º, vi que, debajo de la capucha, se escondía una cara muy blanca. Levantó su cabeza, pues había estado todo el tiempo cabizbajo. No era una cara lo que se descubrió frente mío. Era una máscara blanca sin ningún tipo de expresión, blanca como la cal y con dos lentes por ojos. La máscara representaba una perfecta cara, con unos rasgos muy finos. Se hecho la capucha hacia atrás, descubriendo una especie de armadura negra mate, que cubría toda la cabeza y se perdía en la túnica. Solo la máscara resaltaba como una luciérnaga. Entonces, con una voz rota y que parecía muy anciana dijo:
- Si estás aquí es porque has descubierto lo que yo entiendo por verdad.
- ¿Y que es?
- Tan solo hay una verdad, buscarla en lo más interior de tu ser sería apropiado y suficiente, pues ya la has descubierto.
- ¿Como puede estar tan seguro?
¿Por qué sino estarías aquí?
Me he perdido.
No te has perdido, sabes perfectamente que estas en Stom II, sabes que estas en las catacumbas de un templo monasterio y has descubierto mucho desde que estás entre estas paredes. Sabías lo que hacías cuando te adentraste en mi laberinto, aunque sea inconscientemente. Has venido en una búsqueda, por así decirlo, en una cruzada personal. Has venido porqué has descubierto una gran verdad, pero no sabes como afrontarla. Te ha pasado lo más peligroso que te podría pasar, ya que el enemigo que debes derrotar no es alguien ajeno a ti, es tu pasado.
No te comprendo. ¿Como voy a descubrir en mi interior sin saber lo que estoy buscando?
Viniste aquí buscando refugio, pero te has encontrado con el medio con que lograr tu objetivo.
¡¿Qué objetivo?!
Ya sabes cual es tu objetivo, porqué sino, ¿que sentido tiene que busques la forma de alcanzarlo?
¡Yo no estoy buscando nada, tan solo exploraba!
No exploras en un monasterio abandonado así por que sí. Tu ya sabías que buscabas algo, pero no lo has admitido aún. Maldito necio, ¡despierta! No podrás llegar a ningún sitio sin un objetivo. Nadie puede. El objetivo nos da fuerzas, nos otorga esperanzas y el medio para conseguirlas, nos alimenta y mueve, hace latir nuestro corazón cuando ya no queda sangre y hincha nuestros pulmones sin ningún tipo de aire. Con un objetivo eres capaz de todo. ¿Es que aún no lo entiendes? ¿Que te crees que hizo posible tu huida de el búnquer de las arenas?
¿Como sabes tu eso?
¿Ya ligas todos los cabos? No hay nadie más en este laberinto, no la ha habido desde hace mucho tiempo y no lo habrá hasta que tú los traigas aquí. Tienes ya el objetivo y los medios, lo único que te falta es un punto de inicio y un hogar. Utilizarás este monasterio abandonado como punto de adiestramiento para toda persona que pueda ayudarte en tu causa. Tu puto de salida en tu futura cruzada será el monasterio donde has dormido los últimos meses. Debes matar a todo residente, empezando desde arriba y exterminando a todo monje con mínimo poder, pero dejando huir a todo aquel que lo desee de la parte más baja del eslabón. Destruirás todo señal de lo que fue el monasterio Jedi y volverás a este antiguo monasterio Sith para estudiar los holodiscos e inscripciones de las paredes. Ahora, ve.
Al decir eso, la figura se desplomó en ese mismo sitio y lo que yo había creído que era una túnica, se evaporó milagrosamente, dejando una armadura de placas negra y una mascara blanca reluciente. Me vestí la armadura. En el cinturón, había un sable láser en la parte izquierda, un pequeño sable, del tamaño de un cuchillo o puñal en el tobillo y otro de un tamaño medio en la parte lumbar. Se sujetaban al traje mediante un sistema de pequeños imanes y de anillos que los aseguraban. Todos tenía el mismo color, el rojo de la sangre, el rojo de mi objetivo. Era un traje impresionante de verdad. Una vez me puse la máscara, unos pequeños surtidores del traje empezó a soltar una especie de humo. Este se arremolinó entorno a mi cuerpo y se fue solidificando hasta crear un tipo de ropa que parecía muy resistente. Entonces, cogí la capucha que se había formado encima de mis hombros y me la puse en la cabeza, creando el encapuchado que ya había visto antes.

Lamento el error en el último diálogo, el procesador de textos me ha corregido automáticamente y me ha puesto una lista de guiones. Ignoraba que al colgarlo se transformaría así. En un futuro lo haré bien.
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